junio 01, 2008

Eskizorial

«En los esquizoides los estímulos externos apenas tienen influencia. Viven una vida monacal tanto en casa como en el trabajo y, si son laboriosos, pasan la existencia sin hacer ruido» (Rojas, 2001, p. 189)

¿Nos echaban de menos? Admitan que sí... admitan que creían que ya nos habíamos muerto, o que los giles que hacían este pasquín estaban muy ocupados para acordarse que tenían una deuda moral con esta escuela. Pero qué tanta cuestión, aquí estamos, una vez más, al pie del cañón, publicando en la semana de la muerte para la entretención de todos los psicologuitos (y demases que nos leen en otras carreras).

Hasta que por fin nos ganamos un feucazo y ahora podemos encarnarnos para deleite de todos nuestros lectores. Así que un agradecimiento a los naranjos que ponen las lucas, de nosotros, los incoloros. En esta edición, hay varios colaboradores que nos dejaron, así que un llamado a las nuevas generaciones para que se sumen a este noble proyecto estudiantil. Como sabrán, este es nuestro tercer año de vida... y si nadie si integra al team, va a ser el último. Así que es ahora o nunca. Como diría el Capitán Planeta: ¡El poder es tuyo tuyo tuyo....!

Cultura psi

A fines de abril supe de un artículo de Jaeggi, Buschkuehl, Jonides y Perrig (2008) en el que publicaban evidencia acerca de un tipo de entrenamiento que aumentaba la inteligencia fluida (es decir, que esta mejora de desempeño era transferible a una tarea completamente distinta del entrenamiento original). Obviamente pensé que Rosas iba a estar saltando en una pata. Seguramente ya está desarrollando un juego para Nintendo Wii que irá a probar con los niños-cobayos del PentaUC.

Sin embargo, la gente de PsyBlog no está tan convencida. Ellos compararon la evidencia sobre la eficacia de 5 reconocidos "mejoradores" cognitivos: entrenamiento cerebral, drogas, vitaminas, meditación y ejercicio físico. Su objetivo era saber cuál(es) de ellos funcionaban realmente. ¿Y quieren saber cuáles fueron sus conclusiones? Descúbranlo ustedes mismos.

Cabeza dura

por Pablo Herraz Mardones

Hanna Arendt, filósofa judío-alemana, ha reflexionado y escrito sobre temas relacionados con filosofía política y en general sobre la condición humana desde el punto de vista de la acción política. Además, su currículo cuenta con haber podido escuchar de una manera privilegiada la llamada del ser, en unas reuniones ontológicamente sublimes que sostenía con Heidegger en su casa de descanso allá en las altas y nevadas montañas alemanas antes, claro, que al gran pensador le bajaran las ganas de ser nazi.

La cosa es que estaba Hanna Arendt un día en Estados Unidos y se enteró que habían encontrado en Argentina (disfrazado de psicoanalista lacaniano) a Adolf Eichmann, el encargado de ejecutar la “solución final” que dio muerte a millones de judíos durante la 2ª guerra, y que se lo llevarían a Jerusalén para hacerle un juicio. Acto seguido movió los hilos por aquí por allá y dijo: ésta no me la pierdo.

Lo que la Arendt quería era presenciar el juicio para entender que tenía en la cabeza un ser tan despreciable y moralmente condenable (¡ya! perverso polimorfo) como Eichmann. Para sorpresa suya, se encontró con que ante la pregunta de por qué fue capaz de hacer algo tan abominable, éste respondió: “¡porque me mandaron!”, con lo cual la Arendt se dio cuenta de que el hombre que fue capaz de matar a millones de judíos no era un sádico antisocial deseoso de conquistar el mundo y subyugar a la humanidad, sino que era lo que podríamos llamar “UN IDIOTA”. Después de ese episodio, volvió a Estados Unidos y escribió un libro que se llama “EICHMANN EN JERUSALEN, o la banalidad del mal”.

Quiero invitarlos, luego de haber expuesto lo anterior, a mirar un poco la guerra de las galaxias. Los Jedi son una especie de monjes espirituales con espadas fálicas que crecen y se achican a placer y que tiene la misión de mantener el orden galáctico (que curiosamente coincide con mantener la democracia y los valores republicanos, pero bueno). Además hay robots, monos pelúos, mujeres lindas (aunque la Natalie Portman es maomeno nomá, aaaaaa!!), todos unidos para salvar el universo. Pero resulta que todos estos virtuosos y heroicos personajes no serían nada sin un tarro con forma de basurero que saca de adentro suyo una cuestión con la cual manipula todos los sistemas computacionales de todas las naves, que reproduce mensajes pero que lo único que sabe es silbar no se que pero todos lo entienden. Si es R2_D2 (que por si acaso aclaro, no se llama Arturo).

R2D2

Mi punto es que en estricto rigor Arturito es un idiota, porque claro, es moralmente bueno en la medida que hace cosas que sirven al bien y todos lo aman, pero, como Eichmann, no hace otra cosa que cumplir órdenes. De hecho, cuando Anakin Skywalker se vuelve malo, ¿no es acaso el mismo tarro de basura municipal el que va atrás en su nave ayudándolo a que domine el mundo? Si ser bueno ya es difícil, creo que el hecho de que entre el “hacer algo bueno” y ser un idiota haya una línea tan delgada hace la cosa mas peluda, lo cual trae como consecuencia que en algún momento todos nos parezcamos un poco a R2-D2.

Por ejemplo, cuando usted va al supermercado y le piden el vuelto en la caja, ¿Ud. lo da? Claro, porque ayuda a alguien con eso y eso es bueno. Pero, aunque a alguien le ayude, ¿a quién está ayudando en verdad? Yo le voy a decir: a un grupo de hombres con mucha plata que reducen los impuestos de su empresa “haciendo beneficencia” pero con plata que no sale de sus bolsillos sino del de todas las personas que compran en su supermercado. Vale decir, el estado premia a las empresas que hacen ayuda social rebajándole impuestos (ganan plata), pero estos pillines hacen ayuda social con plata que no es de ellos (ganan más plata porque ellos no gastan en ayudar), y encima la gente compra en su supermercado porque es un supermercado “solidario” (ganan más plata). Bastante gratificante para el espíritu, para su bolsillo, y, en último término, para nosotros que nos sentimos un poco más buenos.

Si el ejemplo le parece aislado lo invito a pensar en todas las cositas lindas chinas que compramos (yo también) hechas por un ejército de chinos que les pagan 100 pesos la hora, para regalarlas en aquellos días Village (enamorados, papá, mamá, navidad, etc.), o en la polera de Greenpeace que ahora venden en Falabella y con la cual pretendemos salvar a las ballenas, ¿le parece bueno?, ¿le parece justo?

Aquí es donde ocupo la silogística y digo:

si Arturito, en su manera de ser bueno, es un idiota; y si nosotros, en nuestra manera de ser buenos, somos como Arturito; luego…

De más esta decir que cuando digo “somos” también me incluyo, pero si usted, tras leer este texto, se siente profundamente violentado porque insinué que era un idiota, pero mas aun, usted cree no serlo, puede hacer su comentario en: http://el-esquizoide.blogspot.com, puede escribir un articulo para la próxima edición, puede ponerse de acuerdo con otros y lincharme públicamente o puede comentarle a sus compañeros que yo soy el idiota y que la cosa muera ahí, como suelen ser las cosas por estos lados.

Algunos porqués

by Jaime Balladares H.

Aun escribiendo en un pasquín, eso pienso al partir estas líneas. Pensé que a estas alturas estaría viviendo mejor que Don Omar (o es Don Amor?) con mis cadenitas de oro, una guapa modelo a mi lado, un vehículo y una oficina en el 3° piso, pero nada. Las únicas cadenas que tengo son las que llenan mi mails, la palabra modelo sólo la he conocido en estadística, tengo mi bici y las veces que voy al 3° piso es pa pedirle corchetes a alguna secre… que pésimo. En fin, no quiero deprimirlos como ya se me está haciendo costumbre. No quiero escribir de nada en particular, sólo publicaré algunos porqués que me tienen inquieto, no me dejan dormir y necesito respuesta. Si quieren pueden responder a mi mail. Los insultos los marcaré como SPAM.

  1. ¿Por qué la única que me dice “mi amor” es la tía de la cafeta?
  2. ¿Por qué insisto en seguir comprando ahí, si es lejos el lugar más caro de la U?
  3. ¿Por qué cada vez que me corto el dedo, me chupo la sangre creyendo que ésta se reintegrará a mi sistema como si nada hubiera pasado?
  4. ¿Por qué nunca le achunto a la tecla de las tildes?
  5. ¿Por qué si el Centro de Estudiantes de Sociología tiene un presupuesto 4 veces mayor al del CEPS y con cuatro veces menos alumnos que psicología, insiste en robarnos las cosas?
  6. ¿Por qué Donald (el mandamás de los guardias) tiene más poder que Rosso y el Papa juntos?
  7. ¿Por qué si el año pasado mandaba todos los mails con P.S. y me demoraba tiempo pa hacerlo, hoy ya nadie se acuerda?
  8. ¿Por qué me esmero en seguir escribiendo esto, a sabiendas que nunca seré más popular que Anna O?
  9. ¿Por qué cuando escucho música con audifonos, siempre pienso que alguien me va a llamar al celu, cuando en verdad nadie lo hace?
  10. ¿Por qué la única llamada que recibo en semanas en mi celu es de una señorita que dice “si compras tu prepago ahora en Farmacias Ahumada o Salcobrand, recibirás un 30% adicional en tu próxima recarga”?
  11. ¿Por qué después de oír esa llamada insisto en recargar en cualquier kiosko que veo?
  12. ¿Por qué ya no está el kiosko de la señora amable cerca de Construcción Civil?
  13. ¿Por qué la señora del kiosko cerca de la capilla, nunca me oye lo que le pido?
  14. ¿Por qué estoy hablando tanto de kioskos?
  15. ¿Por qué si un día llego a las 8:30am a la U, y veo que todos corren, también me pongo a correr… aunque no tenga clases?
  16. ¿Por qué si Windows Vista es tan malo, y he hablado pestes de él, insisto en seguir ocupándolo?
  17. ¿Por qué después de pagar la U, le doy las gracias al cajero, como si me estuviera haciendo un favor?
  18. ¿Por qué he tenido tantas ganas de pegarle al señor que maneja el carrito de “correspondencia UC” para robarle su autito e irme en él a mi casa?
  19. ¿Por qué cuando voy a buscar mi control en las carpetas, sigo buscando más controles, después de haber encontrado el mío y por qué insisto en decir “es que ando buscando el de un(a) amigo(a)” cuando es mentira?
  20. ¿Por qué cuando uno estudia en cualquier lado, siente que todos los demás son nerd, menos uno mismo?
  21. ¿Por qué cuando el metro se detiene, el conductor dice “el metro se está deteniendo más del tiempo programado”… como si uno no se diera cuenta de eso?
  22. ¿Por qué el tipo de las fotocopias que está entre la FEUC y la cafeta… es tan psicótico?
  23. ¿Por qué los ayudantes insisten en decir “con que se hayan leído los textos y hayan venido a clases, es suficiente para la prueba”, como si eso me dejara tranquilo?
  24. ¿Por qué siento que la Normi y la Ceci saben de psicología más que yo?
  25. ¿Por qué Alvarito se hizo ese corte de pelo, es parte de una nueva tribu pelolais?
  26. ¿Por qué si tengo tantas ganas de dormir sigo escribiendo esto?
  27. ¿Por qué sentía que si llegaba a 30 sería feliz, y sigo siendo tan infeliz como al comienzo?
  28. ¿Por qué la Pérgola se llama la Pérgola y por qué tienen dos cajas y por qué siento que la señora siempre tiene ganas de pegarme?
  29. ¿Por qué insisto en esperar la micro 210 afuera de San Joaquín, cuando sé que probablemente nunca pasará?
  30. ¿Por qué cuando digo que las salas N son de Psicología, todo el mundo se ríe de mí?
  31. ¿Por qué la cafeta es “oral”…eventualmente podría ser fálica o anal?
  32. ¿Por qué si Pilatos fue Poncio, los demás no fueron Emo?
  33. ¿Por qué Roberto González no hace sus encuestas como “El Encuestador del Club de la Comedia"?

El Cliché y la Paja Mental

por Rodrigo Farías

Hace poco, un malentendido me introdujo en una conversación relativa al común prejuicio de pensar al psicoanálisis como “paja mental”. Lo que me sorprendió de dicho prejuicio no fue su mera presencia, sino la argumentación de mi interlocutor para desecharlo inmediatamente. Ésta se componía de tres puntos que siguieron a la negación del psicoanálisis como paja mental. En orden de aparición, estos fueron: a) el psicoanálisis no es (una) filosofía; b) es un discurso que se funda en la experiencia y en la clínica; y c) es inútil hacer psicoanálisis en base a meras lecturas y teorizaciones, pues son esenciales a éste instancias anexas como la supervisión, la clínica, etc.

Hasta acá, nada nuevo. La premisa argumentada es un cliché, y el lector probablemente ha escuchado los puntos que las sustentan de más de un profesor, aunque ahora repetidos por un alumno. Pero he ahí lo interesante y el origen de esta reflexión. Para explicar esto tratemos de entender diferentes tipos de lugares comunes –casi cual speech acts estéticos–, y distingamos cliché de frase hecha, en busca de su eventual valor. El cliché es indudablemente un atajo intelectual, una experiencia repetida una y otra vez que aun así posee cierto estatuto de verdad, y que por ende puede iluminar. Al contrario, la frase hecha funciona como cliché negado ya de su potencial iluminador, privado de su posible verdad; es completa derrota del pensamiento, o irónicamente, paja mental. La diferencia entre cliché y frase hecha radica en aquello que nosotros hacemos con ellos, es decir, en el lugar que les asignamos dentro de una argumentación. Lo ideal entonces sería pensar y cuestionar al cliché, develar su verdad, y escapar de la frase hecha. Si a esto sumamos que en nuestra carrera el cliché se ve muchas veces desarrollado en cadenas enteras de frases hechas, no es sorpresa que la argumentación detrás de la idea de que “el psicoanálisis no es paja mental” fuera una frase hecha en la medida en que no se mostró como apropiación reflexiva, sino sólo como pronunciación mecanizada de puntos preestablecidos. Así, no es el cliché mismo el que me llamó la atención, sino el hecho de que éste haya sido desarrollado casi de memoria, y con la completa convicción de constituir una argumentación personal, racional y crítica.

Por supuesto, el proyecto por que cada idea que enunciemos sea completamente original es irrealizable, pero esto no quiere decir que no podamos someter ciertos juicios a un mínimo de racionalidad y análisis crítico, especialmente si estos tratan con temas con los que nos sentimos personal e intelectualmente involucrados. El problema no es la pretensión de originalidad que uno quiera arrogarse, sino asumir que es estructural y estéticamente imposible no vivir en el cliché, pero que esto no implica necesariamente vivir de la frase hecha, pues es al primero al que podemos problematizar aunque sea para confirmarlo.

Una ética (y una estética) del cliché implica reconocer no sólo que ya todo haya sido dicho y sea un cliché, sino que en vistas a eso el paso siguiente es negarse a permitir que otros determinen mis opiniones, en pos de la idea subjetivista y probablemente ilusoria de que “yo soy dueño de mis pensamientos”. ¿Pues importa acá el tema de la disolución del sujeto en un mundo de sentido y lenguaje que lo anteceda y lo rebase? ¿Importa acaso si me miento y creo que realmente tengo algo propio que decir? El que un argumento antihumanista pueda demostrar que el sujeto no sea el origen de sus propias ideas, no tiene mayor relación con la experiencia fenomenológica del análisis crítico, ni significa que el sujeto deba ser un mero receptáculo pasivo y acrítico de pensamientos ajenos… por lo menos para aquellos a quienes nos interesa genuinamente mantener que nuestras opiniones son nuestras y no procedentes de nuestra pareja, del profesor idolatrado, o del noticiero de la mañana.

Freud: La clínica es el comodín

Alienación psicosocial v/s la situación terapéutica

Alienación psicosocial v/s la situación terapéutica como una instancia para cortarla con la weaita y no seguir fomentando la tontera

por Víctor Hugo Frigerio

En el presente artículo se aprecian algunos aspectos psicosociales los cuales son precisamente, el “caldo de cultivo” de las diversas psicopatologías las cuales nosotros artificialmente abordamos con el paciente a puerta cerrada. Y digo artificialmente, al considerar que aquel sufrimiento psicológico en mayor o menor medida, también está conectado con un medio ambiente psicosocial y un imaginario colectivo que actúa de forma determinante en la facilitación del dolor psíquico. Desconocer y no reflexionar en nuestro quehacer clínico respecto de esta “otra cara de la moneda”, es cometer un error semejante al que tradicionalmente perduró hasta hace no mucho en la concepción occidental de la mente y el cuerpo en forma alienada, desconociendo el isomorfismo psicofisiológico que actualmente se reconoce.

El ambiente en que se expresa la interacción de las condiciones que predisponen y los factores desencadenantes es determinante en el tipo y curso del trastorno que aparece. La fragilidad de la familia y las redes de apoyo primario, la marginación social y el rechazo hacia el perturbado mental, las políticas sociales que no los incorporan adecuadamente como uno de los grupo de la población más vulnerables, los servicios especializados insuficientes, son factores que contribuyen significativamente al aumento en la prevalencia de los problemas de salud mental en la población y evidencian la asociación entre patología psiquiátrica y empobrecimiento.

En relación a lo recién expuesto, emerge como casi obvio que la influencia del sistema de vida que todos hemos colaborado en construir sea el “causante” fundamental de las problemáticas que aquejan a nuestra sociedad, precisamente respecto de los negativos índices de salud mental. R. D. Laing, en este mismo sentido, señala que los hombres pueden destruir y destruyen la humanidad de otros hombres, y la condición para que se dé dicha posibilidad es que seamos interdependientes. No somos monadas autosuficientes que no producen efecto alguno sobre las otras personas a excepción de nuestros reflejos. Los otros hombres nos influyen o cambian para bien o para mal; como también somos agentes que actuamos sobre los demás afectándoles de distintas maneras. Cada uno de nosotros es el otro para los otros. El hombre sería un agente-paciente que interexperimenta e interactúa con sus compañeros.

Y ciertamente el sistema de vida que hemos co construido, tiene bastante que ver con el modelo capitalista. Al respecto, Karen Horney ha mostrado con gran fuerza que generalmente, el individuo occidental, aprende en la familia los valores cristianos tradicionales de abnegación, altruismo y de entrega a los otros para verse arrojado después a un mundo competitivo en el que hay que pelear, luchar y no pensar sino en si mismo; hay un “retraso cultural” de los familiares respecto de los valores económicos que se traduce en un conflicto que desgarra al individuo, por complejos de culpabilidad y por un clima permanente de ansiedad. La ansiedad también estaría determinada por los progresos cada vez más rápidos tanto de las técnicas de la productividad y del maquinismo, como de las técnicas de racionalización en la mayoría de las situaciones laborales. El trabajo se convierte cada vez más en parcelario de tal manera que priva al trabajador de toda satisfacción. Es al mismo tiempo cada vez más mecánico, con los progresos de la automatización, lo cual elimina sin duda la fatiga de los músculos, pero la remplaza por la fatiga de “los nervios”.

Es así como culturalmente hemos ido atribuyéndole el máximo valor posible, al esfuerzo individual, al ideal de la productividad y de la mejora del estatuto social que, a través de un sistema de normas de conducta, constriñen a los miembros de nuestra sociedad y orientan sus actitudes. Para limitarnos a un solo ejemplo, Karen Horney ha mostrado, a propósito de las neurosis de nuestro tiempo, la vinculación de éstas con los ideales y las normas del capitalismo competitivo: “Entre los factores que, en la civilización occidental, engendran una hostilidad virtual, el primero es sin duda el hecho de que esta cultura reposa sobre la competición individual. El principio económico de la competición afecta a las relaciones humanas, obligando al individuo a luchar contra otros, incitándoles a superarles haciendo de la ventaja de uno, el perjuicio del otro. Como sabemos, la competición domina no solo nuestras relaciones en los medios profesionales, sino que invade nuestras relaciones sociales también, nuestras amistades, nuestras relaciones sexuales y las relaciones dentro de la familia, llevando así a todas las relaciones humanas, gérmenes de rivalidad destructora, de desprecio, de sospecha y de celos”.

Descarga el texto completo.

La formación de psicólogos y la pérdida del sentido común

Cloé V.

En la última clase de Personalidad que tuve con Mauricio García, allá por el 2005, éste cerró el curso con una especie de parábola. Nos dijo que la formación del psicólogo era similar al camino del samurái. El samurái debe estudiar arduamente las técnicas de su arte. Una vez termina su entrenamiento, el samurái debe alejarse por un año y olvidarse de lo que es ser un samurái. Debe irse a arar la tierra, a conducir un bote o a cortar la leña. Sólo cuando se haya olvidado de como ser samurái es cuando recién puede ser un samurái.

Ahora que estoy en el último año de la carrera puedo aventurarme en una interpretación de esta enigmática compararción. Lo que plantearé aquí es que la formación de psicólogos (a lo que llamaré el «dispositivo formativo») es esencialmente un dispositivo de la pérdida del sentido común. Si bien esto se aplica especialmente a la formación de terapeutas, creo que podría aplicarse también a otras áreas de la psicología e incluso de la formación universitaria en general. Sin embargo, tales extrapolaciones deben ser investigadas.

En una clase de Fundamentos de Psicoterapia, la profesora preguntó cuáles eran nuestros miedos como futuros terapeutas. Una compañera contestó: "Caer en el sentido común". ¿Cuántas veces hemos criticado a esos psicólogos de la tele o de la columna del diario que dan las típicas respuestas de sentido común? Hasta nuestros padres y conocidos nos han dicho alguna vez: "No necesito estudiar psicología para saber esas cosas". Y nosotros nos emepeñamos en demostrarles (aunque con el tiempo sólo "creerlo" para nosotros) que la psicología es mucho más que los típicos consejos del sentido común.

Lo interesante del asunto es que la profesora de Fundamentos le respondió a mi compañera: "¿Y qué te hace pensar que el sentido común es malo?" Porque más allá de todo el tiempo que llevamos criticando a esos psicólogos del "Buenas Tardes Eli" de pronto nos damos cuenta que efectivamente el sentido común es algo que falta en la práctica psicoterapéutica. Es algo que se echa de menos. Parece que nuestros profundos planteamientos epistemológicos y la asimilación de las más oscuras metáforas freudianas nos van oscureciendo el campo de lo obvio. A tal punto que entre los alumnos que van a ingresar a su práctica las preguntas más corrientes son del tipo: "¿Y al paciente lo saludo con la mano o de beso?"

Esta problemática no es para nada nueva. Una analista ya clásica como Paula Heiman dedicó algunos de sus artículos a este asunto. En uno de ellos, titulado "Sobre la necesidad de que el analista sea natural con su paciente", se cuenta el caso de un analista principiante que recibe a un paciente que venía mojadísimo un día de tormenta. Por miedo a romper el encuadre analítico, el analista no se atrevió a ofrecerle al paciente algo con qué secarse... ¡y ni hablar de la tacita de café! Conductas como estas son las que Heiman discutía: ¿acaso no es obvio que si recibimos a un paciente en esas condiciones tenemos que ofrecerle algo al paciente? ¿O se nos olvida que el paciente es una persona?

Un caso más cercano: en clases de Técnicas de Psicodiagnóstico la profesora cuenta una ocasión en que una paciente llamó para cancelar su sesión porque tenía otra asunto que calzaba con parte de la hora de terapia. Y nuestra profesora tuvo la inocente idea de decirle que viniera igual y que por último llegara tarde a su cita. ¡Terror! Cuando se percató de lo que había hecho, nuestra profesora tuvo que correr a supervisarse. Lo relató casi como si hubiese profanado el nombre de Freud.

A medida en que avanzamos en la carrera la formación psicológica nos va volviendo cada vez más insensibles al sentido común. De pronto haría bien recordar esa sentencia de Freud de que a veces un puro es sólo un puro. Este formato de enseñanza/aprendizaje que recibimos en la carrera, que yo llamo el «dispositivo formativo», lentamente nos va permitiendo ver cosas que antes no veíamos pero, he aquí mi punto, nos va impidiendo ver cosas que antes sí veíamos. Me recuerda a lo que me decía un amigo el otro día sobre la diferencia entre una idea y una ideología: las personas son las que tienen ideas, pero las ideologías son las que tienen a las personas.

Pero ¿cómo reconocemos «dispositivo formativo» en la vida cotidiana? Aquí presento su modus operandi, basándome en un caso real ocurrido durante una clase de Psicodiagnóstico Clínico: La profesora nos cuenta el caso de una paciente que robaba dinero de las carteras de las personas que visitaban su casa cuando ellas estaban distraídas. La paciente no era cleptómana y ejecutaba esta conducta sólo en su casa y sólo con las visitas. Entonces la profesora pregunta: "¿Cómo podemos comprender esta conducta desde un punto de vista psicodinámico? ¿Qué representa el dinero en el inconsciente de la paciente?" Se comienzan a levantar las manos de los alumnos. El dinero es lo sucio. Sí, correcto, ¿pero qué es lo sucio? ¡Las heces!, dice alguien por ahí. Sí, las heces. Y las heces, ¿tienen forma de...? Se escuchan murmullos. La profesora dice: "Las heces tienen forma alargada y podrían ser como..." ¿Un pene?, dice una voz incrédula. Sí, un pene, lo fálico. ¿Y qué es lo fálico en la teoría psicoanalítica? ¡Pues lo valioso! ¡El falo es lo valioso!

A ver, repasemos un poco este argumento para entenderlo mejor. Según la profesora: dinero = suciedad = heces = falo = valioso. Pero sucede que si simplificamos esta profunda y psicoanalíticamente correcta ecuación nos quedamos con que dinero = [suciedad = heces = falo] = valioso. ¡Dinero = valioso! Si a alguien no le ha quedado claro aún, a continuación un diagrama:

Dinero = suciedad = heces = falo = valioso

¿Cómo no se va a justificar la crítica de nuestros amigos? ¡Yo no necesito estudiar psicología 5 años para saber que el dinero es valioso! Recuerdo que en una clase Coloma dijo que éramos esclavos de nuestro conocimiento. Tomen como ejemplo a mi hermana que estudia gastronomía. Cuando estaba en el colegio, cualquier comida que le pusieran era rica y listo. Ahora es capaz de notar hasta el más pequeño detalle en la cocción, en los ingredientes, en que le faltó aquello o le sobró esto otro. Y yo a veces pienso que mejor sería que no supiera nada y nos dejara comer tranquilos.

Menos mal hay autores como Heiman que se han señalado este asunto. Similar es el caso de Cecchin, Lane y Ray (2002) que en su texto Irreverencia enfatizan la importancia de que el terapeuta sea irreverente respecto de su propio marco de referencia. Si bien la teoría es útil, más útil es saber cuando ésta se ha quedado corta, cuando es momento de desechar nuestras hipótesis y aventurarse por otra cosa. Pero en algo estarían de acuerdo con García, y es que uno no puede ser irreverente con algo que no conoce. No se trata de ir a quemar las fotocopias (aunque Didier pudiera prenderse con la idea), sino más bien leerlas, aprenderlas, asimilarlas... y ocuparlas cuando sea necesario.

The Chimney Sweeping

¡Dígame licenciada!
(O sobre cómo aprobar el examen y no desestructurarse en el intento)

Y sí, llegó en Enero el plazo fatal. Más de veinte ramos y una buena cuota de ansiedad eran los requisitos para dar el examen. Llenos de conceptos (algunos más dudosos que otros) de cursos pasados antaño; algunos que eran un cúmulo de lugares comunes plagados de buenas intenciones; otros que nos muestran cuán estúpidos somos; y los infaltables en que aprendimos que nuestras pifias son estructurales, dando así la fantástica excusa para no hacer nada al respecto. Fumándome hasta los dedos y recordándome entre aspiradas que si la violación es inminente, no hay más que relajarse y disfrutar, entré al calvario del examen, ante la promesa de la más absoluta embriaguez aquella misma tarde.

Es que la situación era desesperada. Casi un mes de estudio, en que nada de nada (piénsese lo que se quiera; total, nada es nada), hacía que uno admirase a esos pobres y superyoicos seres que se sumergen durante seis meses en los códigos penales, civiles y demases, para aprobar su propio examen. Se trataba de rumas y rumas de resúmenes que clamaban gimientes ser estudiados a la brevedad. Y cuando ya el complejo de castración se confundía con la desesperanza aprendida y el sueño REM parecía más una fábula kleiniana que una etapa del buen dormir, no quedaba más que caer presa del delirio y tal vez volverse un Schreber, a menor escala y con zapatos coquetos. Juro que la tentación de ver elefantes rosados con alitas cupidezcas, nunca fue tan grande. De hecho, cuentan las malas lenguas sobre quien, preso de un estado delirante, se arrojó a las calles gritando que se le había aparecido el mismísimo Coloma, revelándole que el falo está cerca. Otros aseguran haberse angustiado fantaseando que el pecho malo de Bernardita los devoraría al momento del examen. Y otros, aterrados hasta la locura por ver los penes-voladores-de-mamá-introyectados-en-la-vagina-interna-dentada-de-la-tía-Cucha, optaron por huir despavoridos e internarse en el exclusivo resort de La Paz (el electroshock se paga por separado). El resto de nosotros, pobres pero estructurados mortales, fuimos capaces de soportar, estoicos, los embates y vicisitudes del horroroso examencillo, sin que se nos notara mucho ni lo esquizoparanoide, ni lo tarados (porque hay que decirlo, estábamos todos en gran detrimento de nuestras facultades mentales).

Hoy, la proeza ya está realizada. Y si bien, todos son generales después de la guerra, hemos de admitir que prácticamente nos hicieron parir, sin anestesia ni consideraciones, aquel caluroso día de Enero. Porque no se trató sólo de eso, es que más allá de las preguntas insólitas (poco faltó para preguntar la marca de los calzoncillos de tío Piaget o el nombre del osito regalón de tío Winni-the-Pooh), más allá de lo cuestionable que pueda ser el examen (después de todo, ¿no aprobamos ya una vez todos aquellos ramos que majaderamente volvieron a preguntar?1), más allá de lo homérica que fue la tarea y de lo transatlánticas que hubieron de ser las defensas maníacas para soportar tanto circo; más allá de todo eso, damas y caballeros, se trató nada más ni nada menos, que de un experimento (bastante perversillo) de tío Armijo & boys para medir la tolerancia a la frustración de nosotros, ingenuos y zarrapastrosos estudiantes… Claro, todo es un complot, todo es una farsa para que pensemos que ahora sabemos más, todo es un engaño del gran Otro. ¡El falo está cerca, señores, está cerca!


1 Porque o una de dos, o el haber aprobado significa algo y nos dejan tranquilos, o no significa nada y, por lo tanto, pasar los ramos no es más que un trámite burocrático.

Comic

noviembre 01, 2007

The Chimney Sweeping

Fin de semestre
(O sobre cómo la queja neurótica puede ser útil cuando no se tienen mejores temas)

Hace un tiempo atrás un atormentado estudiante de Ingeniería (entendámonos, nadie puede ser feliz si en su malla curricular aparecen ramos con nombres tan ominosos como Modelos Estocásticos o Ecuaciones diferenciales parciales), me comentaba cuánto odiaba los fines de semestre; que mil pruebas diarias, que salvar el ramo-espantoso-ultra-pre-requisito-para-todo, que suplicarle al profesor malvado de turno para que no lo raje (cuentan las malas lenguas que uno empeñó algo más que la dignidad y el cinturón para conseguir el tan anhelado 3,95), que la tan odiosa, y ahora además confusa, toma de ramos, entre tantas otras tribulaciones ingenieriles (como la desgracia de no disfrutar de un paisaje agradable a la vista… psicólogos, ¡regocijaos ante tanta belleza! Nunca ganaréis como los ingenieros, pero sus maravillosas colegas siempre serán bastante más (ad)mirables).

En ese entonces, otrora adorable y encantadora estudiante de segundo año (juro que nunca me rasqué tanto la guata como en el entrañable y aburrido semestre de Psicología Social), no logré entender de qué me hablaba. ¿Que la Universidad es estresante? ¿Que hay exámenes? ¿Que hay que pelear por pasar los ramos? Recuerdo haberlo mirado con psicótica perplejidad y haberme sentido dichosa de estudiar algo tan placentero como Psicología. Es que más allá de lo bananera que pueda ser la Escuela o de lo pelafustanes que son ciertos ramos infames con sus múltiples evaluacioncitas de poca monta, que no valen más que una pelusa por ciento, nuestra carrera más parece un Resort freudiano horrendamente decorado, que un lugar estresante.

O parecía. Porque sí, señores, en cuarto año la cosa cambia (preparad, oh aún dichosos novatos, vuestros riñones para la bestial cantidad de café que consumiréis en un par de años). Es que sí, miles y miles de evaluaciones, oportunamente apiñadas en apenas dos, por cierto infernales, semanas. Y, por supuesto, la guinda: el Examen de Licenciatura en Enero, cuyo temario tiene mayor extensión que la lista de contactos telefónicos del Negro Piñera. Y como la irresponsabilidad es tan jodidamente atractiva y la desorganización y el despelote tan combinable con unos lindos zapatos, huelga decir que me topé con todo esto de repente; algo así como una suerte de tsunami académico, que no sólo está destrozando mis estrujadas neuronas, sino también mi vida social. Es que no hay tiempo para nada, ni para carretear como tío Freud manda; juro que hasta echo de menos una bien merecida caña. Y ni hablar de las necesidades básicas, de hecho, calculé que en las próximas semanas puedo ir sólo una vez al baño al día, dormir ciento veintitrés minutos y comer mientras hago las respectivas entrevistas para los múltiples trabajos que he de entregar, que por cierto se multiplican como conejos.

He llegado a niveles desesperados de estrés y hasta he considerado marcar 800-ROSSO para ver si él es capaz de detener esta locura. Si no resulta, tendré que apelar a la siempre confiable histeria y sus encantos, a bailarle a la Pachamama o a vender mi alma al mejor postor con tal de tener un día de 30 horas. De otro modo, estoy frita. En cuanto al tan temido Examen de Licenciatura creo que me lo tomaré con calma y aprovecharé esto del calentamiento global en alguna playa exótica de por ahí y estudiaré mirando a estupendos mulatos (y atléticos ¡no olvidemos lo fundamental!), con piñas coladas en mis manos. Después de todo, señores, si la violación es inminente, ¡relájate y disfruta!

Cosas Raras

(o "Algo huele mal en la Escuela de Psicología y no son las fuentes de agua")

por She-Ra Hemmings

Hola Gente que estudia Psicología: unas semanas atrás, a algunos de ustedes les debiera haber llegado un mail que empezaba así:

“Por medio de este e-mail, quiero comentarles que en la universidad, se ha creado un nuevo concurso para los docentes llamado Premio Reconocimiento Excelencia Docente. Los profesores distinguidos recibirán una asignación importante de dinero además de un reconocimiento público. Las nominaciones al concurso serán resueltas por el COMITÉ CURRICULAR de la EPUC. Sin embargo, para nosotros como comité curricular es muy importante obtener el input de los estudiantes para determinar estas nominaciones. Por lo tanto, queremos pedirles que en su calidad de representantes de los estudiantes nos hagan llegar por esta vía (reply a este mismo email) un listado de cuatro docentes que a su parecer deberían ser nominados a este premio, incluyendo una breve descripción del porqué consideran que cada uno de estos profesores se merecería el premio”.

Primera cosa rara, este mail se lo enviaron con un día o dos de anticipación a los delegados, así que entre que los delegados pudieran ver el mail para reenviarlo a los estudiantes de psicología hay un lapso considerable de tiempo para que alcancen a enviarlo efectivamente antes del plazo descrito en dicho mail. De ahí a que los estudiantes puedan ver el mail y decidan contestar efectivamente es otro coladero, es decir, menos y menos posibilidades de que una gran cantidad de alumnos envíe su mail con sus docentes nominados. Supe que finalmente llegaron algunos mails, pero ALGUNOS, de los XXX estudiantes que somos en Psicología. Y aunque todos o la mayoría enviara sus preferencias estoy segura de que les habría dado un poco de lata revisarlos todos y hacer un conteo.

Segunda cosa rara, no se dieron explicaciones sobre a quién se le ocurrió inventar semejante premio, pero lo que sí se sabe es que es algo que viene de “más arriba”; más allá de nuestra escuela… (¿Dirección de Pregrado? ¿Rosso? … ¿EL PAPA?). Tampoco explicaron a pito de qué se creó el premio; y, como buenos estudiantes PUC, nunca supimos nada ni alegamos nada, porque no preguntamos ni nos preguntamos a nosotros: “¿Por qué un premio de este tipo incluye plata, o más bien “una asignación importante de dinero”? Esto por lo menos es RARO. Y lo más importante, ¿quién elige finalmente a los nominados? El COMITÉ CURRICULAR. ¿Los profes le hacen clases al comité curricular? No, sino a los alumnos. ¡Ah! Entonces quizás los alumnos deberían elegir directamente. Pero ¡NO! Es el Comité este el que elige indirectamente quién se lleva la plata. Y eso es lo raro, cuestionable, “oscuro”, sinónimos afines.

Posteriormente, y como tercera cosa rara, se nos envía un mail de manera más masiva para que elijamos 3 profesores/as incluyendo comentario de por qué lo elegimos, pero ahora es mediante una encuesta online, también para el mismo premio. ¿Pero cómo? ¿Ya no valen las sugerencias que hicieron los estudiantes en respuesta al primer mail? Tampoco hay explicación de esto (o tal vez yo, ingenua, tuve la esperanza de que la hubiera).

Ya, ¿pero qué sucede con eso?… Pues sucede que al incluir dinero en un premio de reconocimiento docente se presta para malentendidos; creo que es realmente no-necesario. Que hagan un reconocimiento, ok, pero no pongan plata; creo que efectivamente podrían ser más creativos. Además, ¿cuál es el propósito de esto? ¿incentivar con refuerzos positivos, como $$$, para que los profes se esfuercen más? Mmm, creo que eso también es cuestionable.

Cuarta cosa rara, pero muy predecible y a la par en importancia con este último argumento, está el hecho de que sólo podemos elegir a los profesores de planta. Pero ¡Oh! ¿No hay profes que también hacen clases pero no son de planta, sino que trabajan por “horas”? Claro que sí, pero ellos no son elegibles… DOBLEMENTE RARO, o, más bien, INJUSTO. En una de esas es cierto el rumor de que a la “escuela” (como ente abstracto y difuso) no le “gusta” que profes externos se ganen premios de reconocimiento todos los años (ejemplo: Coloma).

Eso sería, denle una vuelta, a ver qué les parece. O no. Después de todo, el status quo tiene un calorcito tan reconfortante...

Klein for Men

por Roberto Musa

Proyecto de Literatura para Psicólogos

Es una mala costumbre, y aunque ciertamente, estimado lector, cometería un error al inducírsela, confío ciegamente en que la perspicacia que lo define evitará cualquier posible inconveniente. Me refiero, evidentemente, al intento (destinado al fracaso) de emular a personajes de Borges. Lamentablemente, en mi caso el daño está ya hecho, pero el que mi obsesión se transforme en un cautionary tale, más que feliz me haría. Comenzó frente al conocimiento de aquel pueblo en el que sus autores, por cada libro concebido, escriben en su reverso un contralibro; su más completa antítesis. Una subjetividad estructurada en torno a la idea de que (y parafraseo) el mero hecho de nombrar un estado mental importa una falsificación, me sedujo más de lo que puedo explicar, llegando hasta tomarla como mía -y no sin arrogante entusiasmo, debería añadir-.

Pero evitemos divagaciones innecesarias (no debido a que lo sean, sino al contrario, a que todavía quedan muchas más), el resultado de la posición recién expuesta es una fatal tendencia a convertirme -por un tiempo restringido, claro- a cualquier corriente particular que ostente el autor del libro que en ese momento guíe mi pensamiento. De esta manera, he tenido el honor –aunque la mayoría de las veces no el talento- de ver al mundo como --------------, -----------, ------------, y, por supuesto, nietzscheano (aunque, como el lector bien sabe, todos hemos pasado por ahí –y es en caso de no ser así que no podría dejar pasar la oportunidad de recomendarlo-).

Así pues, proclamo impúdicamente mi doctrina de este mes (y es “este mes” porque si nuestra amada escuela no nos ahogara con trabajos en el último cuarto del semestre, probablemente diría “estas semanas”), aprovechando igualmente de hacer una recomendación. Indico además que la razón de ser de este texto será proclamada a continuación, porque entiendo la expectativa del honorable lector, que tan acostumbrado como está al servicial abstract, requiere conocer inmediatamente el sentido de su presente lectura. Es así como me dedicaré, en el próximo párrafo, a hacer ambas la declaración y la recomendación de mi nuevo libro favorito.

Y ya que éste es el antes mencionado como el “próximo párrafo”, ¿qué sería yo sino un vil mentiroso -manipulador, incluso- de no referir efectivamente cuál es aquel libro que justifica su esfuerzo intelectual? Lamentablemente querido lector, aún en el caso de que usted pensara eso, tendré que correr ese riesgo y recordarle que está leyendo un proyecto, no una declaración. Como tal, me temo que el momento de la mención del libro no es el presente. Al contrario, explicaré el proyecto –engorroso problema que hasta ahora he evitado-, con la esperanza de que alguien allí afuera -y conociéndolo, distinguido lector, probablemente sea usted mismo- se acerque con una “¡fascinante idea!”, sólo para darme algún sabio consejo del que de ninguna manera podría prescindir.

El tan mencionado proyecto, entonces, busca analizar tres obras literarias específicas a la luz de teorías psicológicas, todas éstas amparadas bajo tres momentos del mismo problema: la semiosis ilimitada implícita en la concepción del mundo como texto y del texto como mundo (antigua idea pulverizada y convertida en el mismo aire que respiramos). Así, la obra de Sterne: La Vida y Opiniones de Tristram Shandy, Caballero sería analizada a la luz de su principal referente psicológico (y filosófico), la asociación de ideas en Locke -y cómo probablemente insultaría su inteligencia, lector, si mencionara su versión diluida (el condicionamiento clásico), procuraré no hacerlo-; Ulises sería relacionada con la corriente de conciencia en James -aunque probablemente debería leer primero a Joyce, pues no pensará usted que he leído a la mitad de los autores que discuto-; y finalmente, El Péndulo de Foucault, de Eco, a la luz de la asociación libre en Freud –y no necesariamente porque todo lo que hagan Belbo y pandilla pueda ser interpretado como una gran asociación libre disfrazada de ejercicio intelectual-.

Retornaré ahora a la deuda pendiente, para finalizar el presente texto mencionando –y recomendando- aquel libro que ha dado lugar a toda esta reflexión. Es imperioso hacerlo inmediatamente, pues el espacio es limitado (tal como la paciencia del lector) e imposibilita mayores digresiones. Lamentablemente, deberé defraudarlo nuevamente y posponer dicho título para mejor ocasión, pues el espacio disponible (unas pocas palabras) sólo permite el nombre y el año de quien escribe.

Rodrigo Farías 4to Año

Conversación de pasillo

1: Hola.
2: Hola.

1: ¿Como estai?
2: Bien, ¿y tú?
1: Bien también.

1: Oye… Separa la palabra therapist en dos.
2: Emm… Thera-pist?
1: No, trata de nuevo.
2: The-rapist……….. OHHHHHH
1: ¿No cierto?
2: Habla mal de nosotros.

FIN

Caso Abierto

Hoy: ¿Teletón es una muestra de la generosidad de los chilenos?

No. No lo es. De hecho, es uno de los malos argumentos para decir que sí somos generosos. Sin menospreciar la recaudación de fondos monetarios con objetivo de ayudar a las personas discapacitadas, se observa claramente que el aporte “generoso” en la cuenta 241500-03, es simplemente el chivo expiatorio para decir: “Hey somos generosos, estamos con la Teletón”, o en el caso de la empresas: “Compre aquí porque estamos con la Teletón”. Lo más hipócrita del hecho es el slogan publicitario de este año: “Teletón: A cada paso estás tú”, pues ¿estamos en cada paso de siquiera una persona perteneciente a la Teletón? Sabemos que la respuesta es negativa, y es triste saber que en realidad no nos da más que para ayudar con lukas, mientras que las personas discapacitadas no solo necesitan dinero para financiar a la institución que les proporciona los medios de rehabilitación, sino también necesitan urgentemente que se les atribuya la dignidad de cualquier persona natural. Es decir, que la sociedad los acoja, lo que concretamente significa que en: la educación, las construcciones públicas, el proyecto país, etc. los consideren e integren; y que ello derive en medidas mínimas como, por ejemplo, la construcción de un ascensor en la estación Baquedano; y medidas más a largo plazo como: la no discriminación en el ingreso a la educación.

Lo único que se consigue con esta ilusión caritativa, es vanagloriarnos de acciones supuestamente generosas, que revelan un inexistente compromiso con la causa, y el doble estándar reinante.

En definitiva el show Teletón es una buena y loable acción, pero no podemos negar que muchos aprovechan la situación para publicitar sus productos, canciones, e imágenes personales. Y esta ética utilitarista arriesga la potencial posibilidad de que en un futuro por x motivo la beneficencia no venda, y por lo tanto nadie de un veinte por ella.

Ojalá que los futuros psicólogos no nos quedemos con la idea de que la Teletón es sólo una fiesta nacional que busca recaudar más de once mil 800 millones de pesos, sino que además nos sirva para reflexionar sobre cómo estamos aportando a un mejor país, y cual es la mejor y eficiente forma de hacerlo. Propongo que no sólo el dinero soluciona los problemas sino que también, muchas veces, es más necesario entregar nuestro trabajo y nuestro tiempo. Solo así el proyecto tomará real sentido, Como ya saben en este caso abierto, como en los anteriores, se pueden tomar muchas posiciones, y será bien recibida toda: sugerencia, rebato, complemento, ironización, crítica, intervenciones artísticas, etc.

Comic

octubre 01, 2007

Eskizorial

«Pero el mundo interior del esquizoide no parece tener nada de apasionante, como lo demuestran sus frecuentes quejas de vaciedad y falta de temas para comunicar...» (Valdés en Vallejos, 1996, p. 568)

De haber sabido que esa era la opinión de los expertos quizás lo hubieramos pensado dos veces antes de ponerle el nombre a este pasquín. Cuando lo leí me dio como una extraña sensación de predestinación. Así como cuando abres el horóscopo y todo parece calzar a la perfección con lo que estás viviendo.

No quiero sonar melodramático. De hecho, es algo que probablemente no le afecte solamente a este pasquín. Según me dijeron por ahí, la mismísima Ety dijo en alguna ocasión que todo psicólogo tiene algo de esquizoide. Quizás es la forma en que nos hemos parado al mundo y "lo esquizoide" es una de nuestras tantas proyecciones a los fenómenos humanos que vemos día a día.

De pronto el mismo CEPS es esquizoide. O todo lo contrario. Ellos tienen mucho rock que comunicar sólo que nadie los pesca.

Ahora que se viene la semana de Escuela tendremos la oportunidad de corroborarlo. Una semana de Escuela que, según he escuchado por ahí, son dos semanas de Escuela. Una para "afuera" y las grandes cúpulas y otra que sería su apéndice o correlato a nivel estudiantil. Porque, al parecer, hay una semana de escuela que se viene con grandes reuniones, cócteles y recapitulaciones, abrazos y sendas estrechadas de mano, sonrisitas y lagrimones, sobaduras de espaldas y chupaduras de... medias. A la que por razones que desconocemos (y al parecer no nos interesa conocer) no estamos invitados. La nuestra es una semana mucho más rockera, futbolera (o winningelevenera) y por lo mismo fálica, luisduquera también, donde no podía faltar una guerra de agua (?). Y que de pronto pienso... con un leve sesgo masculino. (Tal vez por eso nadie participa... y hey, no me malinterpreten, yo no fui el que dijo que un toro podía fecundar mil vacas. Si tienen dudas al respecto, pregúntenle a Sharim).

En fin. Esta edición llega tarde pero llega. (Llega enfiestado de aniversario). El número de septiembre se perdió en alguna fonda. No se molesten en buscarlo. Quizás está llorando en una esquina, con un vaso de chicha en la mano y lamentándose que no tienen nada que contar, que está vacío por dentro... quizás ese Esquizoide necesita un psicólogo.

Freud y la Puntuación Hermenéutica

por Rodrigo Farías

En Presencias Reales, George Steiner plantea que las principales tradiciones hermenéuticas occidentales pueden necesitar intentos por una finalidad acordada a la lectura -y al comentario- interminable. Existe la posibilidad de que la infinita proliferación de lo secundario ahogue al texto primario, y es ahí que dichas tradiciones proclaman límites formales al posible despliegue de la inventiva interpretativa, es decir, lo que Steiner llama una “puntuación hermenéutica”. ¿Pero que pasa con el psicoanálisis? Primero, lo entendemos como la exégesis del texto freudiano, la exploración continua de sus posibilidades ocultas y sus verdades no develadas, o como menciona el argentino Mauro Vallejo en Incidencias en el Psicoanálisis de la Obra de Michel Foucault, aquel discurso “motorizado en el infinito comentario del texto freudiano (y que lo) establece como palabra primera”. La pregunta es, entonces, ¿cómo contener el comentario del comentario, a falta de una gran Summa Psicoanalítica? O en otras palabras, ¿cómo saber qué es la verdad en psicoanálisis, y qué es mera herejía? La respuesta primera, por supuesto, es que en psicoanálisis no existe la verdad, sino que la disciplina es, ella misma, un tipo de búsqueda por la verdad, o incluso de cuestionamiento de los discursos que la predican; mas un intento crítico de respuesta, aunque erróneo, es siempre superior a la mera complacencia.

La idea recién expuesta no implica que el psicoanálisis sea la mera repetición de lo ya dicho, sino el descubrimiento de lo escondido, la continua formalización de lo informe. De no ser así, ¿podríamos efectivamente señalar que 70 años de psicoanálisis después de Freud (y he ahí el tema real del presente ensayo, intentar concebir reglas de producción de un “después de Freud”) son meras repeticiones de la palabra originaria? Claramente no. La repetición implica pasividad, recepción y recitación monástica; el comentario, en cambio, búsqueda y entusiasmo escolástico; mas específicamente, el comentario es la novedad de la repetición. El problema es el rol de Freud no tanto como creador de un discurso cerrado en si mismo, sino de los márgenes y de lo permitido de dicho discurso, de manera que la dispersión del comentario nunca atente contra el acto inicial. La función de Freud no es la de cualquier creador dentro de la historia de su creación; sino la de garante último de legalidad.

Para Vallejo, cualquier premisa psicoanalítica que aspire a ascender al status de verdad psicoanalítica, debe remitirse, en última instancia, a Freud. El modelo paradigmático aquí es Lacan, quien no solo dice “El psicoanálisis es Freud. Si se quiere hacer psicoanálisis, hay que referirse a Freud, en sus términos, en sus definiciones, leídas e interpretadas en su sentido literal”, sino que mantiene una actitud de lo ya allí, de que él sólo devela lo oculto en Freud. La realidad, aquel referente externo al texto freudiano, se convierte en un problema debido a que la última palabra, la ultima sanción de rectitud, no es aquella presencia –mas que la realidad ¿aquella tierra prometida llamada “la clínica”, tal vez?- sino el texto mismo, continuamente revivido en su letra. Así, la exégesis atenta y detallada de aquel que develó la verdad pulsional permite validar al maniqueísmo naturalista de Klein, al Freud normalizante y pedagogo de la self psychology, y al Freud lector de Hegel, Nietzsche y Saussure de Lacan. Sólo queda el intento tautológico de que Freud mismo sea el arbitro final para la autenticidad de psicoanálisis.

Nos encontramos, entonces, con el problema de conciliar la proclama freudiana por una continua investigación analítica, incluso experimental (motivo que, entre otros, lo llevó a analogar a su nueva ciencia con la física y la química) con su estricta actitud frente a lo que se decía bajo el nombre de “psicoanálisis”. Pues Freud no sólo era el amo absoluto de su feudo, él lo sabía; tenía sus discípulos atentos y respetuosos, su iglesia propia y la capacidad de excomulgar (pensemos en Ferenczi cuestionando el carácter fantasioso de los relatos de abuso supuestamente dados por histéricas a Freud, en su consiguiente alejamiento del grupo y en la acusación hecha por Jones de las fantasías del disidente de asesinar a Freud). Es en esta construcción de las formalidades básicas de la institución –no sólo del discurso- en la que se convertiría el psicoanálisis, que Freud se puso como centro legislador de todo aquello que apelara a analítico. El problema: Freud, que para algunos teorizó científicamente -y para siempre- acerca del artificio que es la conciencia transparente a si misma de la modernidad, paradójicamente actuaba en su disciplina como el capitán de su barco, mientras negaba dicho ideal como una mera ficción narcisista. Así, el último humano narcisista daba la última estocada al narcisismo humano.

De esta forma, la actitud vigilante tras la continua objetivación del psicoanálisis como disciplina espejo de una realidad ahora innegable, el Inconsciente (de manera que Freud pareciera seguir al psicoanálisis y no al revés), la vemos en un ejemplo dado por Paul-Laurent Assoun en Freud, la Filosofía y los Filósofos: frente al rechazo de Freud hacia algunos desarrollos de Adler debido a su carácter aparentemente especulativo, el primero dice: “la teoría de Adler era desde el principio un sistema, cosa que el psicoanálisis evita cuidadosamente ser”. Muchas ideas son objetables a ésta última frase (y Assoun llega a la condescendencia en su intento de no criticar a Freud, aun cuando su propia exposición devela las contradicciones e insuficiencias de sus justificaciones) pero aquí es llamativo que ya en 1914, Freud daba cuenta de la existencia de una entidad llamada psicoanálisis que, a primera vista, no equivale ni coincide con él mismo. Pero sabemos que eso no es así y que al hablar del psicoanálisis como entidad externa a él, Freud negaba su propio estatus -innegable para cualquiera ligeramente familiarizado con los orígenes del discurso analítico- de amo y señor de su creación. Evidentemente, él esperaba que se estableciera esa distinción entre él mismo y aquel discurso -distinción problematizada en este escrito-, pero si ella existiera realmente no se explicaría el rol de Freud en el psicoanálisis, completamente diferente al que tienen otros iniciadores en las respectivas disciplinas que posibilitaron.

Volvamos ahora a la pregunta inicial por la puntuación hermenéutica propia al discurso psicoanalítico. Ya podemos responderla diciendo que es Freud, la unidad hombre-texto, la puntuación hermenéutica de éste. Incluso previo a su muerte, la función más importante de Freud (darle coherencia, unidad y pertenencia a lo que en nombre de su disciplina se escribía) fue introyectada por sus discípulos de manera tal que ya no se necesitara su continua vigilancia y control. Como ha dicho otro autor, este es el doble vínculo del discurso analítico: Freud es su obligatoria condición de posibilidad y al mismo tiempo, de imposibilidad. El psicoanálisis es el discurso que comienza y termina con Freud, él mismo funciona como su puntuación hermenéutica retroactiva y su letra viva es la que dice que esto se aceptará, pero no aquello.

Caso Abierto

Hoy: ¿Las relaciones amorosas de pareja están en crisis?

Sí. Aunque debo decir que sólo hablaré de la realidad más cercana, entiéndase nuestro país, donde las infidelidades y las demostraciones de “me cago en el amor” -como dice la famosa canción-, no sólo son parte de la mayoría de las historias amorosas conyugales de todo nivel (pololeos, matrimonios, convivientes, etc.) sino que también hay información de encuestas donde aparecen números irrisorios de profanación completa del compromiso. Entonces, ¿Somos los chilenos “picados de la araña”? o ¿Hay otras razones que están banalizando progresivamente aquello por lo que teníamos entendido que era el amor? Aunque es tentadora la opción de inclinarme por la idea de que el chileno es por naturaleza “picado de la araña”, creo que no hay como justificarlo; por lo tanto, creo que hay dos razones del por qué estamos cagándonos en el amor constantemente. Una se relaciona a que los chilenos nos conformamos con lo que hay, es decir, no elegimos pareja; preferimos estar mal (o más o menos) acompañados a estar solos. Entonces, cuando las personas no están convencidas de sus parejas, a la primera oportunidad de estar con alguien que de verdad le provoque esa sensación de idealización/admiración/de alineación de los planetas, que en otras palabras es sentir las llamadas “mariposas en la guata”; obviamente es infiel, o en el mejor de los casos termina para intentar estar con quien de verdad “l@ mata”.

La segunda razón se relaciona y potencia con la primera y se refiere a que el compromiso, como tal, ha sido pisoteado. Y no sólo eso, también las palabras “querer” o incluso “amar” son cada vez menos valoradas, y nosotros los jóvenes hemos llevado tales palabras a prácticamente la utilidad de muletillas. Sin conocernos mucho pensamos y afirmamos que amamos, sin saber el calibre de tal afirmación, ni responsabilizarnos por lo que ello conlleva.

En síntesis, las relaciones amorosas de pareja están crisis porque primero no elegimos a la persona que nos gusta, que nos provoca esa extraña sensación entre agitación, malestar nervioso leve, y tensión constante; que se mezcla con idealización, admiración, y pérdida de la cabeza por fantasías mentales de escenarios posibles con quien se adueña de nuestros pensamientos. Y segundo, porque una vez que la relación se formaliza y se desarrolla en el tiempo -lo que se traduce en parte en una pérdida de las “mariposas en la guata”- provoca que ello sumado a la banalización del compromiso, y de las declaraciones de amor eterno, las relaciones se conviertan en productos de consumo desechables.

En conclusión, como ya se ha dicho en esta columna, siempre el caso queda abierto; y por supuesto en temas de amor nadie dijo que fuera fácil, ni que hubiera receta; pero creo que tenemos más posibilidades de entendernos, y de hacernos responsables de las experiencias que elegimos vivir, si intentamos lograr esa historia amorosa que parece de cuento de hadas – como muestra la película: “El diario de una pasión”- , y así jugarnos la posibilidad de poder ser parte de los privilegiados -contados con lo dedos- que pueden decir que en la vida, en tanto a relaciones de pareja, estuvieron en el amor.

La concretitud de la exclusión: elementos de reflexión para ‘Cristianismo y sistemas económicos’

Quisiera ampliar y redirigir la reflexión que abrió Franco sobre el Cristianismo y los sistemas económicos.

Las preguntas con que se abría el debate se caracterizaban por mirar la temática en abstracción. Se entendía el cristianismo como una doctrina más que como una opción vital que se manifiesta en la pasión por el darse al otro. Entiendo que las abstracciones nos son muy sabrosas a los psicólogos: son siempre un desafío intelectual. Pero siento que si queremos llegar a algún lado con el pensar, éste debe estar fuertemente arraigado por la concretitud y cotidianeidad de los que sufren. Y en ningún momento olvidarnos de la justicia y la transformación social, deseo que no está en nosotros sino en los millones de rostros latinoamericanos que hoy sobreviven en la marginalidad de la pobreza.

No sólo hablamos, entonces, de sistemas económicos y sistemas religiosos. Hablamos también de dolor y exclusión de personas concretas, y del pecado social que cometemos al desentendernos. Hablamos del rol que debemos ocupar como futuros profesionales, en un continente donde hablar de teología y economía es siempre preguntarnos por lo sórdido de la marginalidad. Es sólo por la concretitud de la exclusión y por nuestra responsabilidad frente a ella que este Caso Abierto es relevante.